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La experiencia de la perdida

La experiencia de la perdida. Ética y alteridad frente al suicidio desde las voces de maestros y estudiantes Agradezco el honor que me hacen los compiladores e investigadores al invitarme […]
15 de julio de 2026

La experiencia de la perdida. Ética y alteridad frente al suicidio desde las voces de maestros y estudiantes

Agradezco el honor que me hacen los compiladores e investigadores al invitarme a prologar esta obra. Un libro riguroso y pertinente como este producto de investigación, debe celebrarse como una fiesta de las ideas, aunque su tema nos confronte con acontecimientos extremos que se encuentran en el límite de la capacidad de simbolización del ser humano.

Como investigador del fenómeno, celebro la apuesta de esta obra y la investigación que la precede, y adhiero a la propuesta de los autores ‘centrarse más en dimensiones biográfico-contextuales del suicidio y no solo en las médico-sintomáticas’. Este texto es un producto de nuevo conocimiento que se inscribe en una perspectiva teórica y epistemológica situada en la vía de despatologizar el suicidio y desplazar los esfuerzos de los investigadores desde una mirada tradicional, que centra la comprensión en el individuo y la intervención en los expertos, hacia una mirada socio construccionista que se aproxima al fenómeno como una construcción social, y su abordaje y prevención desde una lógica comunitaria que incluye a los dolientes.

El suicidio es un fenómeno en el que se articulan, de una manera trágica, múltiples determinaciones externas que influyen en la biografía de todo ser humano con la capacidad de agencia, es decir, la relativa indeterminación del suicida. El suicidio no puede comprenderse sin las múltiples determinaciones externas que inciden en las acciones individuales y colectivas del ser humano, así como tampoco puede abordarse dejando de lado la autodeterminación del suicida, la reflexividad fatal que lo lleva a convertirse en el sujeto y el objeto de una misma acción mortífera.

Todo suicidio es un crimen en el que el autor material y la víctima son uno y el mismo; un crimen en el que el mismo acto entraña el mayor de los castigos: la pena capital. La pregunta que queda abierta es acerca de lo que los criminólogos llaman la autoría intelectual o más precisamente por la construcción social del evento suicida, es decir, la responsabilidad social en el fenómeno que exige interrogar las dinámicas de las interacciones sociales en general y, también, los vínculos en los contextos de interacción familiar, escolar, laboral, etc., en los que discurrió la vida del suicida. 

El escenario educativo, es por excelencia, un contexto de afirmación de la vida. No obstante, cada vez son más frecuentes las noticias de estudiantes que se quitan la vida, lo cual nos recuerda que las instituciones educativas no existen en el vacío; están atravesadas por los síntomas sociales, por lo que sus integrantes, profesores y estudiantes, no estamos vacunados contra el suicidio, nadie lo está. 

Néstor Braunstein, ilustre psicoanalista que decidió quitarse la vida decía que el psicoanálisis comparte un principio con la criminología: a saber, que el primer sospechoso de un crimen es aquel que llega a poner la denuncia (Braunstein, 1992). De esta forma, el autor argentino nos invita a escuchar a los dolientes del mismo modo en el que Freud escuchaba a sus ‘histéricas’ sin creer en ellas, pero creyendo en lo que decían, es decir, con la certidumbre de que entre las líneas de sus narrativas se encontraba cifrada la verdad de su drama, como un saber no sabido. 

La investigación científica tiene el reto de ir más allá del testimonio de los actores sociales que recopilan muy bien los trabajos periodísticos rigurosos. Los investigadores de un fenómeno como el suicidio, a partir de las narrativas de los actores sociales, tienen el reto de ir más allá del enunciado y develar las enunciaciones de eso otro que se dice entre las líneas de lo dicho; eso que los mismos actores sociales dijeron sin saber que lo habían dicho. El deber del investigador es dejarse perturbar por los dichos de los actores sociales más allá de los sentidos evidentes y previsibles; interrogar los equívocos, las ambigüedades, los excesos, las ironías, los sarcasmos, los chistes, los arrebatos del humor, las confesiones políticamente incorrectas y, por supuesto, los silencios, para aportar nuevas luces más allá del relato concienzudo e intencionado. 

Este libro es un paso decidido y valeroso en este camino: dar la palabra a los dolientes es un primer y fundamental paso para la investigación del suicidio desde una perspectiva que intenta comprender el fenómeno como una construcción social. Esta perspectiva inevitablemente nos confrontará con preguntas difíciles, relacionadas con la reproducción de síntomas sociales en el escenario escolar, tales como las diferentes formas de acoso y abusos de poder en los vínculos académicos, las dinámicas de exclusión de minorías sexuales, étnicas, territoriales, etc., la naturalización del darwinismo académico que legitima la mortandad de los más vulnerables y la supervivencia de los mejor adaptados, entre otros.

Es importante dar la palabra a los dolientes; sin embargo, la ética de la investigación nos obliga a ir más allá de la lástima con el fin de generar construcciones teóricas que permitan interrogar la responsabilidad social sobre el fenómeno. Ese es el gran reto: ir más allá de la compasión y la culpabilización individual para abordar una reflexión crítica sobre la responsabilidad colectiva y los mecanismos, abiertos o encubiertos, mediante los cuales los grupos humanos ‘suicidamos’ a los integrantes más vulnerables de nuestras comunidades. 

··· Compiladores: Diego Armando Jaramillo Ocampo – Luis Guillermo Jaramillo Echeverri ···

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