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Con el corazón en el Patía

Desde hace más de diez años la UCM acompaña a la comunidad del Patía, una región llena de gente amable, pero olvidada, que pide a gritos ser reconocida por todo un país. Espero poder resumir en estas líneas las grandes experiencias que viví y que volvería a vivir en un lugar que se quedó con parte de mi corazón.

Publicado el 8 de agosto de 2017
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Cuando ingresé a trabajar en la Universidad Católica de Manizales en enero de este año, lo hice sin pensar en lo que el destino me tenía planeado. Con los días escuché que mis compañeros de trabajo hablaban de una misión que la Universidad realizaba anualmente en el municipio de Patía, Cauca, ubicado a 484 kilómetros de Manizales y con 20 mil habitantes entre la zona urbana y la rural.

La duda no dejó de rondar mi cabeza, por lo que decidí buscar más información, así que acudí a la Hermana Beatriz Patiño, vicerrectora de Bienestar y Pastoral Universitaria, y organizadora de la misión. Sin pensarlo dos veces, la Hermana me extendió la invitación para ser parte del selecto grupo de 34 misioneros que parten cada año, en Semana Santa, hacia Patía, una población con muchas necesidades y que por varios años fue azotada por la violencia. Sin pensarlo tres veces, dije sí. Lo acepto, muchas dudas me inquietaban, como no saber realmente qué era una misión, pero finalmente me dejé llevar más por el corazón que por la razón.

Previo al viaje, empecé a asistir a las jornadas de capacitación, en las que nos explicaban el sentido real de la misión, nos contaban qué tipo de población encontraríamos, nos recalcaban sobre la no potabilidad del agua que íbamos a encontrar y, por supuesto, nos darían las recomendaciones para que la convivencia con los mosquitos fuera pacífica: tomar una pasta llamada tiamina ocho días antes del viaje, llevar repelente, aplicarse citronela, en fin… aseguro que seguí todas las instrucciones al pie de la letra, aunque de nada sirvió, la buena relación con aquellos amigos patianos no duró ni un día.

El cariño recibido por los niños no se compara con nada, siempre alegres, siempre inocentes y siempre llenos de enseñanzas. Confieso que bastantes lágrimas rodaron por mi mejilla en el momento que tuve que decir, no adiós, sino gracias y hasta pronto

Llegó el tan esperado día. Me embarqué en un bus con mis 33 compañeros de misión a las 8:00 a.m. Luego de 14 horas de viaje llegamos a las 10:00 p.m. al municipio, donde nos esperaban, con los brazos abiertos y brincando de alegría, un grupo de 20 niños y los líderes de la comunidad. Uno a uno descendíamos el bus, mientras nos daban un fuerte abrazo y manifestaban su alegría por haber llegado a compartir una semana de nuestras vidas junto a ellos. Lo que no sabían, era que, finalizada la misión, ninguno de nosotros querría regresar a Manizales.

Al siguiente día, la Hermana nos envió, de dos en dos como Jesús a los apóstoles, a las respectivas veredas en las que realizaríamos el trabajo con la comunidad. A mi compañero Santiago y a mí nos correspondía Angulo, una de las veredas más grandes, localizada a 20 minutos en moto desde el pueblo. Líderes de cada vereda se encargaban de recogernos y transportarnos hasta las casas de las familias que nos iban a hospedar durante una semana. La emoción me embargaba por el hecho de saber que pronto conocería a la familia que, de forma desinteresada, aceptó abrirle las puertas a dos foráneos.

En medio de un fuerte aguacero llegamos a la casa de doña Dora, una mujer de 50 años, sus hijos mellizos Steven y Brenda de 19, a quienes todos los habitantes de la vereda llamaban “el mello” y “la mella”, nos cedieron su cuarto para que durmiéramos. Las atenciones no paraban allí. El comedor estaba esperando por nosotros con una buena porción de carne y envuelto (comida típica del Patía hecha con arroz, diferente al que conocemos en Caldas, envuelto en hoja de plátano). En ese momento comencé a entender que la misión no me la habían encomendado a mí sino a ellos, pues me enseñaron más de lo que hubiera alcanzado a hacer yo.

Lamento no haber vuelto a probar la sazón de doña Dora, pues los pobladores nos tenían la agenda gastronómica copada. Todos los días una familia diferente nos invitaba a probar la comida típica patiana: el guam pin, el envuelto, el birimbí, la sopa de maíz, el envuelto (no me equivoqué, lo que pasa es que fuese cual fuese la comida, siempre iba acompañada de envuelto). Toda una variedad de platos que traje en mi paladar, de la misma forma que traigo en mi corazón cada una de las experiencias que viví en la vereda Angulo.

Sin lugar a dudas, lo más difícil de haber ido allí fue tener que devolverme. El cariño recibido por los niños no se compara con nada, siempre alegres, siempre inocentes y siempre llenos de enseñanzas. Confieso que bastantes lágrimas rodaron por mi mejilla en el momento que tuve que decir, no adiós, sino gracias y hasta pronto.

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Por: Juan Pablo Arbeláez Aristizábal. jarbelaez@ucm.edu.co