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Construcción de una cultura del riesgo bajo la mirada de la educación

La educación brinda al sujeto la posibilidad de gestar caminos para abordar su propia realidad, de tal manera que goce de alternativas que conduzcan a mejorar su calidad de vida y el de su comunidad. Aquella, ofrece y recrea los espacios necesarios para que converjan intersubjetividades que confrontarán al sujeto en un mar de dudas e incertidumbres al igual que de alegrías y desafíos, invitándolo a adoptar posiciones críticas y reflexivas sobre el espacio que ocupa y la función que cumple como actor social.

Publicado el 13 de noviembre de 2019
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La educación brinda al sujeto la posibilidad de gestar caminos para abordar su propia realidad, de tal manera que goce de alternativas que conduzcan a mejorar su calidad de vida y el de su comunidad. Aquella, ofrece y recrea los espacios necesarios para que converjan intersubjetividades que confrontarán al sujeto en un mar de dudas e incertidumbres al igual que de alegrías y desafíos, invitándolo a adoptar posiciones críticas y reflexivas sobre el espacio que ocupa y la función que cumple como actor social.

La cultura del riesgo de desastres no es un tema nuevo, pero sí contempla un campo poco explorado tal vez asociado a su reciente formación conceptual y epistemológica. En Colombia fue contemplada por la Ley 115 (Congreso de la República, 1994) cuando se planteó la necesidad de pensar en una cultura ecológica y del riesgo como uno de los fines educativos; meta que aún continúa trazándose entre los desafíos interinstitucionales del Ministerio de Educación Nacional (MEN) y el Sistema Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres (SNGRD).

En el plano educativo es pertinente proyectar a la comunidad escolar desde la multidimensionalidad, en donde cada uno de los integrantes (estudiantes, docentes, directivos, administrativos, padres de familia) ejercen un papel activo en la construcción de una cultura del riesgo; por tanto, acciones como la transversalización de contenidos en el aula, y las responsabilidades compartidas y articuladas con otros actores sociales no pueden seguirse contemplando desde la segregación funcional e institucional.

A partir de los procesos de formación en la escuela se puede fortalecer el conocimiento teórico y práctico sobre los riesgos existentes a los que las comunidades pueden estar expuestas; así se va preparando el camino para la consolidación de una cultura del riesgo que invite y motive a las generaciones existentes y venideras a volver la mirada hacia el territorio, en un ejercicio auto-reflexivo que analice y signe el impacto y la trascendencia de nuestras acciones sobre él, como resultado del proceso de enseñabilidad gestado en el seno de la formación del infante al futuro ciudadano.

Vivir en el territorio implica dimensionar no solo nuestra intervención en el espacio, sino interpretar cada contexto y acción en que nos interrelacionamos con los demás y con el entorno, por lo que se extiende una invitación cordial para que el lector se apasione por la lectura de estos temas tan cotidianos, pero a veces tan complejos por la incertidumbre de sus efectos, para no caer en lo que Wells (2014) denominó el país de los ciegos.

Mónica Andrea Castillo Navia
Geógrafa

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