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Crónica: Un encuentro por la vida y un desencuentro con la muerte

Por: Óscar Fernando Martínez Herrera, coordinador del Observatorio de Violencia y Paz de Manizales

Publicado el 27 de julio de 2018
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El Observatorio de Violencia y Paz de Manizales realizó este jueves 26 de julio de 2018, el Encuentro por la Vida y la Esperanza, espacio en el que se socializó la situación de violencia local y nacional, y la vulneración de derechos humanos, a través del I Informe de Violencia y Paz en Manizales: Hacia una emergencia social: Violencia, Paz y Reconciliación.

Este evento liderado por el Observatorio de Violencia y Paz de Manizales y la Universidad Católica de Manizales se dividió en dos jornadas: la primera se hizo en el Cisco de Bosques del Norte con la comunidad. La segunda fue un recorrido por diferentes lugares de la ciudad, como rechazo a la ola de violencia local y nacional.

Ruta por la vida: acción simbólica en rechazo a la violencia local y a la violencia nacional contra líderes sociales en el pabellón Plaza de Mercado (2:00 p.m.) Palacio de Justicia (3:00 p.m.) Parque de la Mujer (4:00 p.m.) y el Cable (5:00 p.m.)

Crónica de un Encuentro por la vida y un desencuentro con la muerte
Por: Óscar Fernando Martínez Herrera – Coordinador del Núcleo de estudios en Memoria y Paz UCM

Transcurrían las 8: 00 a.m., esperando dar inicio a nuestro encuentro por la vida y la esperanza, espacio impulsado por el Observatorio de Violencia y Paz de Manizales, en el cual buscábamos presentar las cifras del informe de violencia para Manizales, y desarrollar una jornada de sensibilización ante esta ola de agresiones, homicidios y fenómenos violentos que nos recorren como ciudad y como nación.

Eran las 8:45 a.m., un animado grupo de estudiantes de noveno grado nos acompañaba a la espera de dar inicio a la jornada. Mientras una estela de soledad recorría los rincones del recinto, ya empezaba a caer en cascada el cúmulo de mensajes de solidaridad con la jornada de quienes saludaban el evento, y a su vez cancelaban su asistencia. Tal vez se nos ha vuelto recurrente como sociedad el aplaudir el espectáculo mientras nos alejamos del teatro, pensando que el like o la enunciación de la necesidad de las transformaciones llegarán vía email mientras levitamos en silencio.

A las 9:30 a.m. aún sosteniendo el público escolar y luchando contra el tiempo, la Hermana Elizabeth Caicedo, Rectora de la UCM, emprendió un diálogo horizontal con los chicos, persuadió con preguntas sobre su habitar en medio de la violencia y, lo más importante, su sobrevivir en un mundo que para algunos de ellos sigue siendo tan hostil. Nosotros teníamos la violencia cuantificada y analizada en un informe, ellos la cargan en sus morrales, atiborrada de incertidumbres y de ausencia de oportunidades.

Este encuentro ya empezaba a teñirse de luz, de tejido, de empatía. Las palabras luchaban contra la apatía y poco a poco empezaron a ganar silencios en el público, empezaron a capturar miradas cada vez menos perdidas y más encontradas con la realidad, con la cotidianidad, con la crudeza de la violencia y la fortaleza de la supervivencia, porque muchos no aterrizan en este país para vivir, sino para respirar y sobrevivir.

En la entrada del auditorio, alrededor de sus pasillos, en silencio y como una gran colmena de solidaridad, estaban todos los chicos y chicas que ayudaban en la organización de este encuentro; con miradas profundas y expectantes, dispuestos a entregar su tiempo, su energía y su corazón por sensibilizar sobre la ausencia como una digna forma de presencia. Ellos, esa colmena solidaria que no recibe ninguna retribución material y que su mayor recompensa era el estar por los otros, por esos desconocidos que pasaban a su lado o recibían una postal a favor de la vida. Esa colmena estuvo todo el día a la intemperie, luchando contra la indiferencia y sonriendo a los miles de ciudadanos anónimos que pasaron a su lado y que daban la sensación de que todo este esfuerzo valía la pena.

Pasaron los minutos en esta inagotable mañana, y el encuentro pasó de las sonrisas cautivas de los estudiantes a un conversatorio con académicos, delegados de entidades públicas y privadas, sectores sociales, organizaciones comunitarias y líderes ciudadanos, un público con discursos diferentes y apreciaciones incisivas. Fue un diálogo abierto, una conversación detallada que, por un lado, expresaba la creciente preocupación de un fenómeno histórico y, por el otro, la esperanza del sol en la aurora, porque muchos nos negamos a que la oscuridad se prolongue por tanto tiempo.

Ya eran las 5:30 p.m. luego de habitar y cohabitar miradas, silencios, palabras, guiños, y con la indolente apatía de algunos y la solidaridad insonora pero sensible de otros, la jornada se extendía en la ciudad. En el paisaje urbano se quería sembrar un árbol de dignidad y defensa de la vida; se quería dar pausa al ajetreado pasar del asfalto, para que las imágenes de quienes ya no estaban, colgadas como copos floreciendo, hablaran de nuevo. Esas voces silenciadas fueran encontradas en el eco del olvido.

A las 6:20 p.m. se encendió la luz de esa esperanza que transitó todo el día iluminando el camino de la sensibilidad ajena. Se prendió la vela de la vida como un acto transgresor de quienes defienden la Paz. Una Paz de todos que hoy se debate entre la paradoja de la existencia, la vida y la muerte, la esperanza y la indiferencia. Esa Paz efímera, esquiva, sublime y modesta que hoy en esta urbe enclaustrada en lo alto de una montaña de sueños colectivos tuvo una jornada por la vida y la esperanza.

P.D: Gracias a esa colmena solidaria que rodeó la vida y acompañó al observatorio en esta jornada.

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